Empecemos con dos historias de verdaderos grandes:
Alysa Liu ganó el oro olímpico después de desayunar un chocolate lava cake. Cuando le preguntaron sobre el rumor de que lo había estado comiendo todas las mañanas en la Villa Olímpica, se rió:
“Dios mío, sí, eso es mentira. Pero lo comí una vez en el desayuno.”
Luego admitió:
“La verdad es que ni siquiera me estuve levantando a tiempo para desayunar, por eso fue solo una vez.”
De todas formas, ganó dos medallas de oro —una individual y otra por equipos—, convirtiéndose en la primera mujer estadounidense en ganar el oro olímpico individual en patinaje artístico en más de dos décadas.
Usain Bolt ganó tres medallas de oro alimentándose con 1.000 nuggets de pollo de McDonald’s. En su autobiografía, cuenta que los comía en desayuno, almuerzo y cena. Y aun así, salió a pista y rompió tres récords mundiales.
Demasiadas personas confunden perfeccionismo y optimización con excelencia.
Internet Ama la “Optimización Basura”
Un influencer conocido en el ámbito de salud y rendimiento se volvió viral por decir que comer una barra de granola antes de dormir lo enfermó durante todo un día. Otro afirmó que un vaso de sidra de manzana le provocó insomnio severo durante un mes.
24 millones de personas vieron esa entrevista.
Esto es absurdo.
Internet está lleno de reglas estrictas y protocolos para la salud y el rendimiento:
Comé de esta forma. Dormí así. Levantate a tal hora. Hacé este ejercicio. Seguí a este gurú, no a aquel.
Pero este tipo de contenido tiene más que ver con la apariencia de ser excelente que con la búsqueda real de la excelencia. Atrae atención porque vende una ilusión de control. En una época cada vez más caótica —economías impredecibles, nuevas tecnologías, conflictos geopolíticos, noticias constantes— el control, incluso si no es realmente efectivo o significativo, resulta extremadamente atractivo.
Es más fácil seguir un protocolo específico que aceptar que la vida es incierta, difícil y, a veces, intimidante. Siempre existe la posibilidad de enfermedad, lesión o fracaso. Es normal sentir cierto nivel de ansiedad, pero intentar controlar cada pequeño detalle no ayuda.
Este tipo de optimización y perfeccionismo te vuelve frágil. Porque si necesitás que todo ocurra de una determinada manera, vas a tener dificultades no solo para rendir, sino incluso para desenvolverte como adulto.
Si vivís aferrándote demasiado a todo, tarde o temprano esa rigidez mental interfiere con tu rendimiento… e incluso puede terminar enfermándote.
Sería una cosa si toda esta optimización fuera beneficiosa, o al menos neutral. Hay algo valioso en la sensación de ejercer control sobre lo que hacemos, incluso si aquello sobre lo que actuamos no marca una gran diferencia. El problema es que la optimización puede volverse contraproducente.
Los estudios muestran que tanto el perfeccionismo autoimpuesto (la necesidad de seguir reglas rígidas propias) como el perfeccionismo socialmente impuesto (la necesidad de seguir las reglas rígidas de internet) predicen mayores niveles de ansiedad, disminuciones en el rendimiento y burnout.
Los investigadores identifican dos causas principales:
1. Es completamente agotador
En el mundo de la optimización, una vez que abrís la caja de Pandora, aparece una lista interminable de cosas que podrías estar haciendo “mejor”. Descubrís que hay una mejor forma de hidratarte por la mañana, una mejor forma de exponerte al sol, tres nuevos suplementos para probar, un péptido, dos nuevas herramientas de monitoreo de salud, gafas especiales, un tipo específico de sauna, una temperatura ideal para el baño de hielo… y así sucesivamente. (Sin mencionar que la gran mayoría de estas intervenciones tiene poca o ninguna evidencia real de beneficio).
Con el tiempo, terminás confundiendo lo que realmente impacta en tus objetivos con un conjunto de prácticas innecesariamente complejas. Y la energía que demanda todo eso te deja demasiado fatigado para lo que realmente importa.
2. Es solitario
La optimización también conduce al aislamiento. Por ejemplo, las restricciones extremas en la alimentación, las rutinas o los horarios de sueño hacen que te pierdas experiencias con amigos o familia.
Te salteás una cena de cumpleaños porque el restaurante no encaja con tus macros.
No podés compartir una copa de vino con tu pareja porque no está dentro del protocolo.
Cuanto más optimizás, más pequeña se vuelve tu vida y menos espacio queda para la espontaneidad productiva.
La Verdadera Excelencia es otro Juego
Brad entrevistó a más de cien personas que están en la cima de sus disciplinas para The Way of Excellence: atletas olímpicos, autores, músicos y emprendedores. Cuando les preguntó: “¿Con qué frecuencia las cosas salen según lo planeado?”, nadie respondió: “El 100 % del tiempo”. Ni una sola vez.
Una de nuestras historias favoritas viene del golf. En un lapso de 8 años, JJ Spaun pasó de estar en el puesto 584 del ranking y no superar cortes en grandes torneos a ganar un campeonato mayor.
Pero la noche previa a ganar el US Open, Spaun fue despertado a las 3 a.m. por su hija Violet, de dos años, que se había enfermado y no podía dejar de vomitar. Spaun salió corriendo a una farmacia a comprar medicación mientras su esposa la cuidaba. Describió esa noche sin dormir como “caótica”.
Al día siguiente, salió al campo, superó a todos sus rivales y ganó el campeonato.
Hay una escena en el documental de los Beatles Get Back que comienza con la banda entrando a una sesión de grabación prácticamente sin energía. Paul McCartney está visiblemente frustrado, señalando que “Lennon llega tarde otra vez”. George Harrison bosteza y apenas puede mantener los ojos abiertos. Ringo Starr parece agotado y desconectado. Nadie quiere estar en el estudio.
Sin embargo, McCartney empieza a rasguear de manera casi automática un acorde de La en su bajo, improvisando letras sin sentido mientras toca. Eventualmente, llega a las palabras “get back”. Esas dos palabras generan un efecto inmediato en Harrison y Starr, que vuelven a activarse. Lennon finalmente entra al estudio, toma su guitarra y se suma. Ahí nace una de las canciones más icónicas de la historia.
Imaginá si los Beatles hubieran decidido no empezar ese día.
O si McCartney hubiera consultado un wearable que, basado en un algoritmo opaco, le indicara que para “optimizar” su rendimiento debía quedarse en la cama y descansar.
O si la banda hubiera dicho: hoy no es el día, generando una profecía autocumplida.
No tendríamos una de las canciones más icónicas jamás escritas.
A pesar de todo lo que sabemos sobre el rendimiento humano, sigue siendo profundamente misterioso. Si creés que necesitás controlar todas las variables para rendir al máximo, vas a dejar pasar muchos de tus mejores días. Es una mentalidad frágil que termina convirtiéndose en una profecía autocumplida.
En mi (Brad) propia vida: he producido mi mejor trabajo —al menos según críticas, listas de bestsellers y comentarios de lectores— teniendo dos hijos pequeños, un perro y dos gatos.
El sueño nunca es lo que me gustaría.
La casa siempre está ruidosa.
La rutina de ir a dormir es un caos.
Estoy frecuentemente agotado.
Entreno fútbol, béisbol y básquet; siempre hay partidos y prácticas.
Y, sin embargo, acá estoy.
Sí, a veces simplemente sobreviviendo. Pero en los buenos días, incluso prosperando.
Tengo algunos no negociables: ejercicio diario, bloques de trabajo profundo, no emborracharme y al menos intentar dormir por la noche. Pero fuera de eso, no tiene sentido luchar contra el desorden de la vida. Solo lograría agotarme más, reducir mi vida… o ambas cosas. No creo que me hiciera mejor en lo que hago, ni más feliz.
El punto no es irse al extremo opuesto, dejarse llevar por la corriente y aceptar todo de manera pasiva. Eso tampoco funciona. Una buena vida —y mucho más una vida excelente— requiere ciertas restricciones.
Pero aferrarse demasiado fuerte y querer microgestionar todo tampoco funciona. Si caés en la espiral infinita de la optimización, estás persiguiendo una promesa falsa. Nunca vas a poder controlar todo. Y, después de tanto esfuerzo, podrías terminar siendo más frágil que al inicio.
Esto no es algo exclusivo de Steve o mío.
Los grandes performers saben identificar por qué vale la pena luchar, pero también saben adaptarse. Hay una habilidad bien estudiada que permite esto:
Autoeficacia (Self-Efficacy)
En lugar de obsesionarnos con optimizar todo, sería más inteligente enfocarnos en desarrollar lo que la psicología llama autoeficacia: una creencia, basada en evidencia, de que sos capaz de presentarte, atravesar desafíos y rendir bien en contextos inciertos o exigentes.
Décadas de investigación muestran que las personas con alta autoeficacia son más capaces de gestionar momentos en los que se sienten perdidas o bloqueadas, ya sea en el deporte, en el trabajo o en cualquier ámbito de alta demanda.
Si no confiás en tu proceso y en tus capacidades, es probable que entres en modo catastrófico cuando el camino no es claro o cuando las cosas no salen como esperabas. Vas a recurrir a cualquier solución que prometa el influencer de turno.
Pero si confiás en tu proceso, si tenés evidencia propia, entonces muy pocas cosas pueden desestabilizarte.
La mejor forma de desarrollar autoeficacia, según la evidencia, es la experiencia.
Lo que implica que una de las mejores cosas que podés hacer para tu confianza es sentirte mal… y aun así rendir bien.
Eso te libera de la necesidad de condiciones perfectas. Te demuestra que sos resiliente, sólido, adaptable. Que podés hacer el trabajo incluso cuando las cosas no son ideales.
Los seres humanos no somos robots. Rendimiento no es optimizar un número en una pantalla ni vivir evitando papas fritas. Es presentarte de forma consistente a lo largo del tiempo, aceptar los altibajos y obstáculos de la vida, rodearte bien y dar lo mejor que tenés.
Resistí la tentación de enfocarte en lo irrelevante.
Identificá lo que realmente importa en tu disciplina (y en tu vida) y mantenelo como prioridad.
Es fácil intentar controlarlo todo y terminar agotado. Es mucho más difícil enfocarse en lo esencial y tener la confianza para soltar —aunque sea un poco— el resto.
Fuerza sin flexibilidad es rigidez. Flexibilidad sin fuerza es inestabilidad.
Necesitás ambas.
Autores
Brad Stulberg y Steve Magnes
Nota Original




