Necesitamos hacer cosas difíciles. En un mundo donde casi todo puede simplificarse —desde recurrir a sustancias para mejorar el rendimiento hasta delegar nuestra escritura en la inteligencia artificial— hay algo profundamente valioso, y cada vez más necesario, en aquello que nos obliga a salir de la zona de confort. Nos hace sentir algo en una época en la que cada vez anestesiamos más nuestras emociones y nos distraemos constantemente para evitar conectar con nuestra propia experiencia interior. Hacer cosas difíciles nos recuerda que estamos vivos.
Como la persona que literalmente escribió un libro sobre este tema, me entusiasma ver cómo esta idea ha ganado popularidad. Pero, como ocurre con casi todo, también podemos desvirtuarla. En algún momento del camino, el mensaje de «hacer cosas difíciles» terminó convirtiéndose en un meme. Pasamos de hacer cosas difíciles a mostrar que hacemos cosas difíciles.
Basta con recorrer las redes sociales para encontrar personas exhibiendo con orgullo el tiempo que soportaron dentro de una bañera de hielo, vomitando al costado de una pista después de un entrenamiento o mostrando una foto del reloj marcando las 4 de la mañana como prueba de que realmente viven la cultura del esfuerzo.
Ninguna de esas cosas es, por sí misma, negativa. De hecho, muchas pueden ser realmente útiles.
El problema es que, al convertir una buena idea en un fenómeno de redes sociales, perdimos la palabra más importante de la frase.
El objetivo nunca fue simplemente hacer cosas difíciles. El objetivo era hacer cosas difíciles que realmente tuvieran significado.
Pensá en las clases de educación física o en los equipos deportivos de la escuela. Probablemente tuviste algún entrenador que estaba convencido de que subir escaleras, correr vueltas o hacer interminables pasadas te volvería mentalmente más fuerte. Quizás seguían hasta que alguien vomitaba o apenas podía mantenerse de pie.
El entrenador se iba convencido de haber construido personas más resistentes.
Vos te ibas habiendo aprendido que el ejercicio era un castigo y que la única razón para seguir adelante era satisfacer al hombre que llevaba el silbato. No te volviste más fuerte. Simplemente aprendiste a sobrevivir mientras otra persona te controlaba y te juzgaba. Y esas dos cosas están muy lejos de ser lo mismo.
La verdadera fortaleza consiste en tomar decisiones. Consiste en aprender a desenvolverse dentro de la incomodidad y elegir, en cada situación, la acción más adecuada. Sobrevivir no enseña nada de eso. Peor aún: cuando desaparece aquello que te estaba empujando —por ejemplo, ese entrenador controlador— también desaparece la motivación para seguir adelante.
Es exactamente el mismo patrón que los investigadores observan en docentes autoritarios y excesivamente controladores: mientras están presentes, los alumnos parecen comprometidos y productivos; pero apenas el docente abandona el aula, el esfuerzo cae de manera abrupta.
En muchos sentidos, simplemente reemplazamos al entrenador de la adolescencia por la audiencia de las redes sociales. Nos metemos en una bañera de hielo para alimentar el algoritmo. Y nos contamos la misma historia que antes contaba aquel entrenador: «Esto me está haciendo más fuerte.»
Pero el verdadero propósito de hacer algo difícil nunca fue demostrarlo ante los demás. Era volver a conectar con tu propio cuerpo.
Cuando elegimos voluntariamente hacer algo difícil —cuando realmente existe una decisión propia detrás de ello— suceden varias cosas.
En primer lugar, nos obliga a convivir con emociones que normalmente tratamos de evitar. Tenemos que permanecer junto a la ansiedad, el estrés, el dolor o la incomodidad, en lugar de ignorarlos, rechazarlos o simplemente soportarlos. Esas emociones desencadenan una batalla interior. Como si hubiera un ángel y un demonio sobre cada hombro: uno invitándonos a continuar y el otro buscando desesperadamente la salida.
Y gran parte de esa batalla depende de una sola pregunta:
¿Para qué?
Si el motivo es lo suficientemente importante y tiene un significado profundo para nosotros, tendemos a permanecer.
Es cierto que el miedo también puede impulsarnos. Pero el miedo únicamente nos enseña a sobrevivir frente a una amenaza. Y resulta que esa habilidad sirve para muy pocas cosas más. Corrés vueltas para evitar el castigo del entrenador. Escribís un libro porque creés que puede cambiar la vida de alguien. Corrés una maratón porque tiene un significado que solamente vos comprendés. La incomodidad es exactamente la misma.
Lo que cambia por completo es el motivo. Y ese motivo lo cambia todo. Las cosas difíciles que realmente tienen significado rara vez transforman tu vida en el instante en que las terminas. Lo que transforman es mucho más difícil de percibir.
El acto de comprometerte —a escribir, entrenar, aprender o crear— se convierte en el lugar donde descubrís quién sos realmente.
No solo te sentís más vivo. También cambia tu percepción acerca de aquello de lo que sos capaz. Y, poco a poco, te convertís en alguien preparado para afrontar el siguiente gran desafío.
¿Puede una bañera de hielo o un programa de entrenamiento producir ese cambio?. Tal vez.
Pero tiene que existir algo mucho más profundo debajo de eso que simplemente pensar: «Esto es bastante desagradable… y ahora voy a subirlo a las redes sociales.» La dificultad utilizada como espectáculo puede producir algún efecto.
Pero rara vez genera el crecimiento que aparece cuando elegimos perseguir un objetivo que realmente vale la pena. El objetivo valioso de cada persona será diferente. Pero casi con seguridad no consistirá en subir escaleras como castigo.
Consistirá en afrontar un desafío suficientemente exigente —pero alcanzable—, elegido libremente y con un significado mucho más profundo que cualquier publicación en redes sociales.
Hace cosas difíciles. Pero asegúrate de que sean las tuyas.
Autores
Steve Magnes y Brad Stulberg
Nota Original







